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Los abrazos rotos. Crítica de Alberto Duque López. Imprimir E-Mail
12 de febrero de 2010
LOS ABRAZOS ROTOS es el nuevo homenaje, alegre y cínico, de Pedro Almodóvar al género del melodrama, en una película nostálgica y personal que, por cuarta vez lo reúne con su musa, Penélope Cruz, más frágil, humillada y desamparada que nunca.

CIEGOS POR EL SEXO Y EL CINE


RESEÑA-CRÍTICA DE ALBERTO DUQUE LÓPEZ
PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA REVISTA 'GACETA' DE EL PAÍS de Cali


En 1980, Pedro Almodóvar tenía 31 años. Doce años atrás había escapado de la miseria de un pequeño pueblo de La Mancha, Calzada de Calatrava, para sobrevivir en Madrid vendiendo baratijas en el famoso mercado de las pulgas de El Rastro y trabajando como recepcionista en la empresa telefónica donde recibía un pequeño sueldo que ahorraba en parte hasta cuando pudo alcanzar el sueño de su vida, comprarse una cámara Súper 8 con la que realizó algunos cortos que se convirtieron en símbolos del movimiento cultural, social y sexual de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, la Movida madrileña que fue una bofetada a un país que se recuperaba de la pesadilla del generalísimo Francisco Franco.

Entonces, a los 31 años sorprendió a muchos con su primer largo, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón que anticipó los personajes, las situaciones, la sexualidad, las perversiones, la violencia, las extravagancias, los desafueros, la histeria, el machismo y otros elementos que han sido una marca en la obra de uno de los realizadores más provocadores, transgresores y escandalosos de los últimos treinta años del cine internacional. Marca revestida del más profundo humor negro, el erotismo más explícito, las conductas más libertarias y un sentido estupendo y alegre del ridículo, lo cursi, lo cotidiano, lo provinciano y lo hipócrita en medio de los dolores más desgarradores y la soledad más contagiosa y devoradora.

Las muchachas del montón que en 1980 consumen drogas, presencian o padecen violaciones, comparten todos los desafueros posibles, se enfrentan a los machos depredadores, son humilladas y cobran venganza mientras la vida parece no tener límites en un Madrid agonizante, son los antecedentes claros de la nueva película de Almodóvar, Los abrazos partidos en la cual el espectador es llevado más allá del límite por un creador que conoce, como pocos, el lenguaje leve y comprometedor del melodrama, que en este caso gira alrededor de dos hombres obsesionados con el sexo de una delgada y hermosa mujer.

El cine de Almodóvar se caracteriza porque contempla los peores horrores de la naturaleza, las peores afrentas de los seres humanos, las situaciones más aberrantes y las reacciones menos previsibles que caben en el amor, el sexo, el odio o la soledad con una mirada tranquila, sin sobresaltos, como si nada lo sorprendiera, como si ya estuviera de regreso de todo, aún de lo peor, como la conducta de estos personajes de Los abrazos rotos que los críticos españoles destrozaron (Carlos Boyero, por ejemplo, afirmó que “Hay infinitas referencias y homenajes a varios clásicos del cine para que captemos el compartido y penetrante mensaje sobre la creatividad que plantean Almodóvar y sus colegas del alma. Y los sentimientos pretenden estar en carne viva, pero como si ves llover. Y lo que observas y lo que oyes te suena a satisfecho onanismo mental. Y no te crees nada, aunque el envoltorio del vacío intente ser solemne y de diseño. Y los intérpretes están inanes o lamentables. La única sensación que permanece de principio a fin es la del tedio. Y dices: todo esto, ¿para qué?”), una película que los críticos europeos y norteamericanos han aplaudido con entusiasmo. Así es el cine.

La mirada de Almodóvar no encierra reproche ni censura ni castigo ni advertencia por muy perversos que sean sus machos o muy destructoras sus hembras, y el sexo jamás es mirado como algo perverso, sucio, dañino o deplorable, ni la muerte como un fenómeno, ni la traición como una falta, ni los celos como una exageración, ni la violencia como algo reprimible, ni el odio como una excepción: es que su mirada es comprensiva y compasiva, mientras nos conduce a través de su universo que inquieta a las buenas conciencias que, en algunos casos rechazan las situaciones vividas y sufridas y expuestas en Volver, La mala educación, Hable con ella, Todo sobre mi madre, Carne Trémula, La flor de mi secreto, Kika, Tacones lejanos, “¡Atame!, Mujeres al borde de un ataque de nervios, La ley del deseo, Matador, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, Entre tinieblas o Laberinto de pasiones.

Los abrazos rotos prueba que existe un síndrome de adicción hacia Almodóvar, aún con una película como ésta que no es fácil, que avanza, se detiene, retrocede, salta en el tiempo y el espacio, se contempla a sí misma, se analiza y critica, mira a sus personajes, los empuja, los tortura, los desdobla, prolonga su agonía y su felicidad y deja una desazón, una tristeza, una melancolía, unas carcajadas irreprimibles ante unos diálogos punzantes y brillantes (el encuentro del joven asistente y su director mientras desarrollan el proyecto de los amores vampiros, con toda su carnicería sexual, es inigualable, brillante) una adicción que se nutre con el espectáculo inteligente, humorístico y erótico de un director que se cita a si mismo, que vuelve a contar historias propias y con sutileza nos guía por ese mundo perverso.

El cine dentro del cine: por eso, el protagonista (interpretado por Lluis Homar) y narrador de la película, Harry Caine (un nombre familiar) guionista ciego desde el accidente que sufrió catorce años atrás cuando era uno de los directores más exitosos con el nombre de Mateo Blanco, hace y deshace ese ovillo narrativo que envuelve también a su asistente (Blanca Portillo) quien lo ayuda a organizar su vida cotidiana, con un hijo convertido en ayudante de este guionista a quien los ojos perdidos no le hacen falta para ser feliz profesional y sexualmente.

En este auténtico melodrama, Caine guarda muchos secretos que poco a poco revela para que surjan otros personajes pintorescos, salvajes, dominados por el sexo y los celos como el millonario convertido en productor (José Luis Gómez) y su joven amante lanzada como actriz, Lena (Penélope Cruz en su cuarta película con el director), y el hijo del productor que graba en video el rodaje de esa película Chicas y maletas que, inconclusa por el accidente y otras circunstancias violentas, no solo es el cine dentro del cine, sino la mirada que el personaje ciego se permite para seguir más vivo que nunca.

Para comprender mejor la naturaleza melodramática de esta y otras películas de Almodóvar, una referencia personal con el director. Estábamos en Los Angeles con ocasión del estreno de Hable con ella cuando, sorpresivamente, un asistente le pasó un celular. Almodóvar no habló. Escuchó tranquilamente lo que le decían del otro lado del Atlántico mientras nadie se atrevía a moverse.

El monólogo de la otra persona, acentuado con los gestos que el director hacía con la cabeza y los pies mientras miraba al otro lado de la avenida del hotel, se extendió otros minutos y la impaciente tensión aumentaba en el salón.

Entonces Almodóvar dijo simplemente “Gracias”, cerró el celular, lo entregó al asistente, nos miró sin reflejar aparentemente la menor emoción y dijo en un susurro: “Mi madre se está muriendo”. Le respondimos que podíamos dejar esa conversación para después, “cuando volviéramos a encontrarnos en San Sebastián”, donde hemos coincidido tantas veces.

Nos miró largamente, negó con la cabeza y dijo: “Está en las manos de Dios, nada podemos hacer, mis hermanos están con ella”. Nos preguntó en qué tema estábamos. Le dijimos todavía en susurros: “El Melodrama”. Seguramente nos leyó el pensamiento, nos miró y dijo: “Claro, todo esto que estás presenciando, duele decirlo, es un auténtico melodrama”. En momentos dolorosos como ése, fue capaz de sonreír:

Siempre me preguntan de dónde saco la inspiración para el melodrama que domina mis películas, y siempre apelo al mismo ejemplo. Es más que un género, es un verdadero espíritu melodramático. Por ejemplo. Estoy en cualquier lugar y veo en un televisor a una señora que está diciendo: Fulanito ha muerto. Esa es la primera línea, la de la realidad directa. La segunda, la que yo quiero ver, tengo que escribirla. Entonces la presentadora diría: Fulanito ha muerto. Yo sé quién lo ha matado porque lo he matado yo.

Esas son las raíces del humor negro, la voracidad, las exageraciones, el sexo, la violencia, los celos, es decir, la vida cotidiana de todos los mortales, las raíces de una película como Los abrazos rotos que, en su versión para video contiene nuevas escenas de “Chicas y maletas”, demenciales, sin freno alguno, como una muestra de lo peligroso o contagioso que puede ser el cine dentro del cine, aunque el guionista y director (¿Almodóvar?) sea un ciego que no necesita de los ojos para vivir.

LOS ABRAZOS ROTOS

Título original: Los abrazos rotos.
Terror, misterio, suspenso, E.U., 18 años, 2007, 86 min.
Dirección y guión: Pedro Almodóvar.
Intérpretes: Penélope Cruz (Lena), Lluís Homar (Mateo Blanco/Harry Caine), Blanca Portillo (Judit García), José Luis Gómez (Ernesto Martel), Rubén Ochandiano (Ray X), Tamar Novas (Diego), Ángela Molina (madre de Lena), Chus Lampreave (portera), Kiti Manver (Madame Mylene), Lola Dueñas (lectora de labios), Mariola Fuentes (Edurne), Kira Miró (modelo), Rossy de Palma (Julieta), Alejo Sauras (Álex).
Producción: Esther García y Agustín Almodóvar. Música: Alberto Iglesias. Cinematografía: Rodrigo Prieto. Edición: José Salcedo. Diseño de producción: Antxón Gómez. Vestuario: Sonia Grande.

SINOPSIS

Un hombre escribe, vive y ama en la oscuridad. Catorce años antes sufrió un brutal accidente de coche, donde no sólo perdió la vista sino que también murió Lena (Penélope Cruz), la mujer de su vida.

Este hombre tiene dos nombres, Harry Caine (Lluís Homar), lúdico seudónimo bajo el que firma sus trabajos literarios, relatos y guiones, y Mateo Blanco, su nombre de pila real, con el que vive y firma las películas que dirige. Después del accidente, Mateo Blanco se convierte en su seudónimo, Harry Caine. Si ya no puede dirigir películas, prefiere sobrevivir con la idea de que Mateo Blanco ha muerto con Lena en el accidente.

En la actualidad, Harry Caine vive gracias a los guiones que escribe y a la ayuda de su antigua y fiel directora de producción, Judit García (Blanca Portillo), y de Diego (Tamar Novas), el hijo de ésta, secretario, mecanógrafo y lazarillo. Desde que decidiera vivir y contar historias, Harry es un ciego muy activo y atractivo que ha desarrollado todos sus otros sentidos para disfrutar de la vida, a base de ironía y una amnesia autoinducida, autoimpuesta sería más exacto.

Ha borrado de su biografía todo lo ocurrido catorce años antes. No vuelve a hablar de ello, ni a hacer preguntas; el mundo se olvidó pronto de Mateo Blanco y él es el primero en no querer resucitarlo. Pero, una noche, Diego tiene un accidente y Harry se hace cargo de él. En las largas noches en que Harry cuida del chico (su madre, Judit, está fuera de Madrid y deciden no comunicarle nada para no alarmarla) le cuenta la fábula de su propia historia, para entretenerle, como un padre le cuenta un cuento a un hijo pequeño para que se duerma.

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