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Drama, folclor, musical, Colombia, 2008, 117 min. Dirección y Guión: Ciro Guerra. Interpretes: Marciano Martínez (Ignacio Carrillo), Yull Núñez (Fermín), Rosendo Romero, Beto Rada, Guillermo Arzuaga, José Luís Torres, Agustín Nieves (Nine), Erminia Martínez (Mujer Guajira), José Luis Torres (Meyo), Justo Valdez (Batata), Carmen Molina (Tendera), Juan Bautista Martínez (Marimbero Mayor). Idiomas: Español, Bantu, Wayunayky, Productores: Cristina Gallego, Diana Bustamante. Productores Asociados: RCN Cine E-nnovva, Cinemart S.A Jorge Rais, Myriam Camhi, Carboandes. Edición: Iván Wild. Sonido: José Jairo Flórez. Cinematografía: Paulo Andrés Pérez. Diseño de Sonido y Mezcla: Ranko Pauković. Música: Iván “Tito” Ocampo. Diseño de Producción: Angélica Perea. Casting: Juan Pablo Félix. Vestuario: Camila Olarte. Escenografía y Ambientación: Ramsés Benjumea.
Ignacio Carrillo, un juglar que durante años recorrió pueblos y regiones llevando cantos con su acordeón, toma la decisión de hacer un último viaje, a través de toda la región norte de Colombia, para devolverle el instrumento a su anciano maestro, y así nunca más volver a tocar.
En el camino, encuentra a Fermín, un joven cuya ilusión en la vida es seguir sus pasos y ser como él. Cansado de la soledad, Ignacio acepta ser acompañado, y juntos emprenden el recorrido desde Majagual (Sucre) hasta Taroa, más allá del Desierto de la Guajira, encontrándose con la enorme diversidad de la cultura caribe y viviendo todo tipo de aventuras y encuentros.
Ignacio tratará de enseñar a Fermín un camino diferente al suyo, que tanta soledad y tristeza le trajo, pero para ello tendrá que enfrentarse con el llamado de su propio destino, que tiene preparadas distintas suertes para él y su alumno.
La ruta del viento
Por Ciro Guerra, tomado de El País (Mayo 13 de 2009)
Siempre pensé que Colombia era un país desconocido, un país por descubrir. Cada visita a un nuevo lugar de su geografía ha estado para mí siempre marcada por la sorpresa, por el asombro ante los miles de nuevos colores, olores, climas, vistas, sabores y formas de pensar y vivir que no podía haber imaginado que existían, porque nadie me lo había contado. Nadie me podía haber dicho que Colombia es como es.
Me dedico al cine. Y concibo el cine como un ojo mágico que nos permite viajar muy lejos y a la vez muy cerca, vivir y conocer lugares, que pueden ser reales o fantásticos, y almas, que pueden ser distantes o muy, muy próximas.
A través del cine he conocido el mundo, he visto la imponencia de las grandes montañas, las profundidades de los océanos, las grandes metrópolis, incluso he viajado a galaxias lejanas. Pero siempre sentí que había algo que me faltaba por ver en el cine. Ese algo es Colombia.
Por eso decidí, con el apoyo del mejor equipo que es posible reunir para hacer cine en este país, voltear ese ojo mágico hacia nosotros. Particularmente hacia el Caribe, mi región, el primer lugar que había conocido y con el que sentía que había una deuda muy grande que saldar. Y qué mejor manera de hacerlo que a través de la historia de un viaje. Pero esa es otra historia…
El viaje comenzó desde abajo. Desde las húmedas tierras de la Mohana y el brazo de Loba, tierras que fueron refugio otoñal de muchos de los grandes juglares vallenatos, hasta Tamalameque, Mompox y El Banco, grandes puertos del Magdalena.
Tierras fértiles, mejor adecuadas para el transporte fluvial que para el terrestre, llenas de cientos de pequeños pueblos con muchas historias para contar: Pijiño del Carmen, Majagual, San Martín, Santa Teresa, Barranco de Loba, Hatillo de Loba… Tierras de agua (aunque parezca contradictorio), donde el tiempo se ha congelado y cada paseo fluvial cuenta con el cálido saludo de sus miles de pescadores.
Del agua pasamos a las grandes extensiones de tierra del Valle del Cesar, donde la alta hierba es amarilla en enero y los pescadores en chalupa son reemplazados por vaqueros a caballo, quienes arrean inverosímiles cantidades de ganado por sabanas infinitas en jornadas que se repiten desde tiempos inmemoriales. El Paso, Bosconia, El Copey, son lugares para disfrutar de la inmensidad del campo abierto y el estilo de vida de los arrieros de antaño.
El gran Valle limita al Occidente con la majestuosidad de la Sierra Nevada de Santa Marta. Lugar místico y mágico por excelencia, centro de la tierra, corazón y origen del mundo para las cuatro hermanas comunidades indígenas que la custodian: arhuacos, koguis, wiwas y kankuamos, cada una de las cuales tiene su propio idioma y vestuario, cargados de simbología en su relación con la Sierra, la madre ancestral.
Esta es un sistema topográfico único en el mundo, que va desde arrecifes de Coral en el Mar Caribe hasta nieves perpetuas a más de 5.700 metros de altura, condensando en una mínima extensión de tierra todos los pisos térmicos y una de las más altas concentraciones de biodiversidad y especies endémicas del mundo. Después de un largo diálogo y negociación, logramos obtener el permiso para filmar en Nabusimake, pueblo ancestral y sagrado de los arhuacos, ubicado a cinco horas de Valledupar y de difícil acceso. Allí, rodeados de pinos y abedules en medio del Caribe colombiano, contemplamos y filmamos el amanecer más hermoso que he tenido el privilegio de presenciar.
Al otro lado del valle del cacique Upar, se encuentra la Sierra del Perijá. Lugar inaccesible por excelencia, fue reemplazado en la película por las hermosas montañas de Río de Oro, al sur del Cesar, un lugar donde los cerros se estrellan unos contra otros y danzan de manera armónica como si fueran las olas de un mar de color verde.
Más allá de la Sierra Nevada se encuentra la Ciénaga Grande. En este lugar hicimos uno de nuestros más interesantes hallazgos: Nueva Venecia, Magdalena, un pueblo palafítico de pescadores construido en medio de la Ciénaga. Es un lugar que hay que ver para creer, de cuya existencia no conocía, pero que no es posible olvidar después de visitarlo. Allí cada casa es esquinera, y para ir a donde el vecino o a la tienda hay que remar. Allá es posible ver cerdos, gatos y gallos nadando para ir de un lugar a otro, y la visión de la ciénaga en una noche de luna llena es de una belleza que pocos lugares en el mundo pueden retar.
Luego de pasar por la bella Valledupar, con sus calles coloniales adornadas por magníficos árboles de caucho y mango, llegamos a nuestro destino final: la Guajira.
Las palabras se quedan cortas para describir la infinidad de sensaciones que produce este lugar. Sólo quiero agregar que, cuando la recorrí por primera vez, tuve la sensación de estar recogiendo mis pasos, como si en otra vida hubiera estado allí. Es un lugar de mucha resonancia ancestral y espiritual.
Lo que conocemos como la Guajira se divide en tres regiones, claramente diferenciadas: la Baja Guajira, la Media y la Alta. La baja es un territorio fértil, montañoso, donde es posible encontrar hermosos sembrados de sorgo y maíz, y cuyas principales poblaciones son Riohacha, Barrancas, Fonseca, Dibulla y Villanueva.
La Media Guajira es un territorio semidesértico, dentro del cual encontramos maravillas como las minas de sal de Manaure, el parque nacional natural Los Flamencos, El Cabo de la Vela y su océano de mil colores, y poblaciones como Uribia, la capital del pueblo wayúu, y Maicao, conocida por su comercio.
Esta es la Guajira que los colombianos más conocemos, sin embargo, lo más mágico empieza después de ahí; la Alta Guajira, un mundo completamente distinto al nuestro, de muy difícil acceso y regido por reglas ancestrales a las que es imposible no acercarse con fascinación.
Una sociedad matriarcal, donde el español es segunda lengua y que encierra algunos de los lugares más increíbles de este país: Punta Gallinas, el fin del mundo, con cañones y acantilados formados por miles de años de mareas y sal. Nazareth, oasis en medio del desierto y cuna de las más bellas mujeres. Y Taroa, aldea rodeada de dunas gigantes que el viento desplaza de un lado al otro en poco tiempo, conocidas con un bello nombre: “médanos”.
Todo esto es sólo una parte del Caribe colombiano, la que se ve en ‘Los Viajes del Viento’. Tenemos un país lleno de riqueza y diversidad que está por descubrir. No hemos visto, no conocemos el Pacífico, el Chocó, los Llanos, los Santanderes, Nariño, Boyacá, la Amazonía, el Orinoco… Y no me refiero solamente a poner una cámara allí, sino a conocer el paisaje humano y espiritual, los mitos, las creencias, los idiomas, las historias… Descubrir y apreciar este país es una gran tarea que tenemos por delante, y creo que es esencial para entendernos y solucionar nuestras carencias como sociedad. Este es un país hermoso, hay que salir a filmarlo.
Los viajes de Ciro
Por Alda Mera, tomado de El País (Mayo 17 de 2009)
“Cada escena, cada actuación, cada lugar, cada elemento de la película es producto de un trabajo muy sufrido, y a la vez muy agradecido y muy gozado”, dice Ciro Guerra. El director y su esposa, la productora Cristina Gallego, crearon Ciudad Lunar, una productora “sin patrimonio visible, pero con ideas claras”.
El joven director Ciro Guerra está detrás del éxito de Los viajes del viento, la película con la que Colombia volvió a sonar en el Festival de Cine de Cannes, Francia. Historia de una obsesión.
1. El Guerero
Desde pequeño parecía saber para dónde iba. Ciro Alfonso Guerra, bautizado igual que su padre, el abogado Ciro Guerra, guardaba todos sus trabajos del colegio, dice Yamile, su madre. Desde que hizo su bachillerato en Bucaramanga, donde vivió gran parte de su vida, fue un estudiante metódico y disciplinado que lo llevó a los 18 años a estudiar a la Escuela de Cine de la Universidad Nacional, en Bogotá.
Críticos y cineastas lo conocieron casi siendo un niño en el Festival de Cine de Cartagena, al que no faltaba nunca. “Veía todas las películas desde las 11:00 de la mañana hasta las 12 de la noche y era el único que no iba a la playa. Por eso creció como la mascota del Festival y desde entonces decía que quería hacer cine y ya nos había contado la historia de ‘La Sombra del Caminante’, mucho antes de empezar a hacerla”, dice el crítico Alberto Posso.
Hace diez años, haciendo un cortometraje en tercer semestre, conoció a Cristina Gallego, hoy productora de sus películas. Y así comenzó un viaje para esta pareja de realizadores, que después de año y medio de ser muy buenos amigos, derivó en un romance y “desde entonces no hemos separado nunca, somos muy buenos compañeros de vida y de trabajo, hemos podido hacernos compañía y formar una sociedad”, dice ella. La relación maduró mientras hacían dos cortometrajes, un documental de él y otro de ella, que le confirmaron que había elegido la carrera correcta. Y la compañera perfecta para su vida.
Aunque eran muy jóvenes, Ciro de 19 años, y Cristina de 22, se volvieron cómplices de proyectos y de imágenes, de sueños y de realidades. De hecho, él admite sin reparos que se imaginó la película Los viajes del viento, pero que sin su esposa y la otra productora, Diana Bustamante, no la hubiera hecho. Fueron ellas quienes recorrieron 12.000 kilómetros, desde Majagual, Sucre, hasta Punta Gallinas, en La Guajira, buscando cada sitio indicado para filmar.
“Tenemos formas muy diferentes de ver la vida –aclara ella– que nos hace muy complementarios a la hora de trabajar juntos. Él tiene una capacidad de crear e imaginar cosas y yo soy muy concreta y el trabajo mío es ayudar a hacer realidad eso que él –u otros directores– tienen en su cabeza”.
Obvio, es muy difícil no llevar sus divergencias a casa. “Hablamos, buscamos terceros, a veces llegamos a acuerdos, otras no, entonces uno de los dos se impone”, admite su esposa. Y cuando están trabajando son muy profesionales; de hecho, jamás se les ve protagonizar escenas de pareja, eso no está en el guión.
Fruto de esta relación es su hijo Emiliano José, de 6 años, fan número de las películas de su padre. Tanto que lo compadece: "Pobrecito mi papá, no tuvo con qué hacer la película", dice de La Sombra del Caminante, el filme que Ciro hizo en blanco y negro por simple gusto estético.
Para este segundo largometraje el pequeño Emiliano José tomó el ‘story board’ de Los viajes del viento y lo coloreó “para que mi papá no tenga que volver a hacer la película en blanco y negro”.
El pequeño, aunque dice que quiere ser compositor, ya podría ejercer como asistente de producción de sus padres. Es muy guerrerito y tiene un alma viajera, los acompañó al rodaje en Valledupar, donde asistió a un colegio, subió a la Sierra Nevada y fue quien más se disfrutó los viajes. Como su padre, que en cuanto le toca salir para un festival internacional o una posproducción, con camisas y un cepillo de dientes arma su maleta y listo.
Ciro es tranquilo, calmado, no se afana ni se angustia, aún entre el estrés de Bogotá. Es muy cariñoso con su hijo, le gusta jugar carritos con él, incluidos los de su infancia que conservó y se los heredó. Lo único que pone de malgenio a este hombre de 1,80 metros de estatura, es el hambre. Sin embargo, es negado para la cocina, sólo sabe preparar Choco Crispis, aunque su plato predilecto son las pastas. Pero como su esposa es bogotana, en su casa siempre se come ajíaco, “un plato que Ciro tampoco ha comprendido porque le parece una sopa desabrida”, dice Cristina y agrega que al realizador le va mejor con la decoración y el orden de la casa. De alguna manera para él debe ser como una puesta en escena.
Eso sí, duerme mucho y a pierna suelta. Como cosa rara, el director que reinvidica el vallenato ancestral del Caribe, no es que escuche mucho esta música. Prefiere el rock, Los Rolling Stones, Led Zeppellin, pop, Madonna, Michael Jackson, grupos de los años 90 y mucha música clásica. Y cuando no está metido en la película, es un hombre de familia, que visita a sus padres en Bucaramanga, está pendiente de sus dos hermanas y jamás se le olvida el cumpleaños de sus sobrinos.
En estas escenas se mueve Ciro Guerra, un tipo muy serio, adusto y responsable para sus 28 años (febrero 6 de 1981). Tanto que parece un alma vieja y sabia en un cuerpo joven. Y que por estos días proyecta la mejor imagen de Colombia en el festival de cine más importante del mundo: el de Cannes, Francia.
2. Arriesga, no cede
Ciro Guerra es un director que prefiere arriesgar antes que hacerle concesiones a la taquilla. Con sólo dos películas sobre historias sencillas y personajes anónimos, ha traspasado fronteras. Su ópera prima, La sombra del caminante, la hizo totalmente en blanco y negro, un lujo que sólo se daban los grandes como Buñuel, Fellini, Herzog, entre otros. Y que en 2003 le mereció el premio en el Festival de Cine de San Sebastián, España, en la modalidad cine en construcción entre 60 de quince países en competencia. Premio que le aportó un estímulo de 50.000 euros para la posproducción (imagen y sonido) para exhibirse en 35 milímetros.
Y a ese festival Ciro llegó gracias a los ahorros logrados con otros premios: Jóvenes Realizadores, de Granada, España; el Viart, de Caracas; el Video Joven, de Barranquilla; los Césares, de Manizales; el de Video, de Cartagena; el Sin Formato y el Equinoxio, de Bogotá
Ciro hace arte con historias sencillas. Él mismo confiesa que está un poco cansado de ver que “en las películas colombianas se recurre a los mismos actores, a las mismas temáticas, a los mismos tratamientos, al sexo y a los desnudos sin justificación, a la violencia gratuita, elementos considerados como lo que el espectador quiere ver”.
De hecho, con Los viajes del viento él se arriesga a mostrar que “el espectador quiere ver otras cosas y ha sido muy bueno porque siendo rara, ha tenido el respaldo de la crítica especializada y del público. En sólo diez días en cartelera la han visto 60.000 personas, la mejor cifra este año para una película colombiana”.
Sin embargo, se cree que Ciro se enamora mucho de sus películas y le cuesta trabajo editar. Su primera versión de La sombra del caminante duraba como tres horas, y cuando la vio el desaparecido productor Jaime Osorio, el distribuidor en ese momento de la exitosa María llena eres de qracia, le dijo: ‘Es maravillosa, pero si quiere que le ayude a distribuirla, se sienta y le quita la mitad’.
Ciro, que es muy tolerante con la crítica, hizo caso y la dejó en hora y media y fue bien recibida.
Sin embargo, no acepta que las producciones que gustan tanto en Europa no gustan a las mayorías aquí. “Eso no es cierto, porque las películas de Víctor Gaviria que fueron seleccionadas en Cannes (Rodrigo D., No Futuro y La vendedora de rosas) fueron un gran éxito de taquilla. Igual sucedió con María llena eres de gracia, que estuvo en el Festival de Berlín. Las películas seleccionadas en festivales importantes en el mundo han sido éxito de taquilla”.
Él tiene claro que hay otras producciones muy taquilleras en el país, pero que no generan interés en el exterior porque son demasiado locales y porque le hacen todo tipo de concesiones a lo que se supone quiere el espectador colombiano y “terminan perdiendo un poco su alma, el espíritu de lo que quieren decir”.
Por eso él rompe el molde y mira con otra lente. Los viajes del viento es una espinita que tenía hace diez años y se está sacando con creces desde que en una proyección de trabajos de alumnos de la Escuela de Cine de la Universidad Nacional de Colombia, donde estudiaba, el auditorio ovacionó a un compañero que dijo que no le gustaba el vallenato.
Ese día se propuso hacer una película que retratara fielmente lo que es el hombre de la Costa Caribe, su idiosincrasia, sus creencias y su folclor musical. Y para lograrlo osó con una historia sencilla, un recorrido kilométrico, una aventura exótica y hasta un formato no utilizado en Colombia nunca antes: panorámico rectangular, utilizado en películas épicas de Hollywood y de género, desde Batman hasta Lawrence de Arabia, Danza con Lobos y Petróleo Sangriento.
Este formato, conocido como Cinemascope, logra captar imágenes panorámicas para destacar en toda su magnitud el paisaje y para lo cual fue necesario traer cámaras especiales del exterior y contar con el ojo clínico del Paulo Pérez, director de fotografía de la película y docente de la Universidad del Valle.
“Le apostamos a una película en la que el astro rey aportara su esplendor y diera un aire natural a una producción para disfrutar visualmente, con derroche de planos abiertos de la mano con la luz natural, un calculado manejo de sombras, contraluces y el color de la región para no desperdiciar semejantes paisajes”, dice Pérez.
Por esa comunión entre poesía visual, historias sencillas, incluso intimistas, cineastas y críticos de cine colombianos coinciden en que por su talento Ciro está llamado a ser el mejor del país y expresan su admiración por el novel director que ha puesto a Colombia en la más exigente competencia del cine, el Festival de Cannes, en el apartado ‘Una cierta mirada’, reservada para las 20 mejores películas independientes en países donde hacer cine es un milagro. Como en Colombia.
3. Aventura extrema
¿Cómo logra llegar al Festival de Cine de Cannes con su película Los Viajes del Viento, en la que no hay una sola escena de sexo ni un desnudo, ni un solo gramo de cocaína y sin disparar un solo tiro?
Los viajes del viento llega a Cannes después de una preselección muy dura, en la que compitieron más de 4.500 películas de todo el mundo para quedar sólo 50 seleccionadas. Pasa una serie de filtros hasta que llega al comité seleccionador final que toma la decisión y nos escriben muy emocionados para invitar la película al Festival.

¿Por qué cree que la seleccionaron?
En esa carta nos dicen que en Los viajes del viento ellos ven una Colombia que no se imaginaban, están descubriendo un país que no sabían que existía y que siempre relacionaron con unos tópicos que se habían vuelto repetitivos: el narcotráfico, el conflicto armado, etc. Al mismo tiempo es una historia muy universal contada de una manera muy local, que a pesar de ocurrir en Colombia le habla a cualquier persona del mundo y eso nos abrió las puertas.
¿Creyó en llegar a Cannes?
Cannes es el máximo evento del cine mundial, un espacio donde Colombia no iba hace once años desde La Vendedora de Rosas, y durante mucho tiempo veíamos a Cannes como un imposible o fuera del alcance del cine colombiano, y yo también lo veía un poco así: un espacio reservado sólo para los grandes y llegar allí con una película producida en condiciones como las que se producen en Colombia era impensable.
¿Y cómo se convenció de concursar?
Sin embargo, cuando finalizamos Los Viajes del Viento, creíamos ciegamente en ella, teníamos claro que era una película valiosa y con argumentos para defenderse en un escenario tan difícil. Y José María Ríos, que es el primer recomendador de América Latina para Cannes, nos dijo que la película tenía todas las posibilidades. Fue muy emocionante saber, no sólo que sí pasó, sino que es la única película de América Latina en toda la selección oficial, lo cual es un honor y una responsabilidad abrumadora al mismo tiempo.
Hay otra de Brasil...
Sí, es una película cuyo director es brasilero, pero es hablada en inglés y con actores extranjeros. La única netamente latinoamericana es Los viajes del viento.
¿Cómo logró proyectarla en el Festival Vallenato?
El Festival de Cannes exige que sus películas sean estrenos mundiales, pero teníamos el sueño –y era importante hacerlo – de presentar Los viajes del viento en el Festival Vallenato de Valledupar, que nos abrió todas sus puertas y fue nuestro centro de operaciones durante el rodaje, aparte de ser la cuna de esta música. Explicamos estas razones al Festival y nos concedió un permiso especial para que la película se pudiera estrenar antes de ir a Cannes y la pudieran ver los colombianos.
También la vio Gabriel García Márquez...
Nos encontramos con Gabriel García Márquez en el Festival de Guadalajara y tuvimos la oportunidad de mostrarle la película. Fue una experiencia muy bonita porque él y su acompañante eran las primeras personas de la Costa (Caribe) que la veían y fue muy emocionante verlos cantando las canciones de la banda sonora muy emocionados y celebrando con ella. Sabemos que le gustó mucho y dijo que cuando vuelva a Colombia la volverá a ver ya finalizada, porque él vio una versión sin terminar.
Un crítico calificó Los Viajes del Viento como el equivalente en cine de un relato garciamarquiano...
Es extraño porque precisamente nosotros nos alejamos mucho de García Márquez. En la película no hay realismo mágico y distamos mucho del Caribe que él ha descrito en su obra, a pesar de que retratamos el mismo universo. Gabo lo retrató a su manera y nosotros de otra más realista, no hay elementos macondianos como mariposas amarillas ni gente que sale volando, no hay nada mágico ni nada que no pueda ocurrir en la realidad; es otra mirada sobre aquello que inspiró a García Márquez y que es su fuente de historias.
Su película reinvidica el vallenato de los juglares. ¿Qué opina del vallenato comercial?
Es una evolución natural. No soy el más fanático de ese vallenato, obvio, prefiero más el vallenato ancestral, pero los tiempos, la gente y los gustos cambian. Pero casi siempre que se enfrentan al vallenato clásico son capaces de demostrar que son grandes músicos, son respetuosos de la tradición y muchos de ellos han vuelto a interpretar temas clásicos y de una manera clásica.
Trabajó con actores naturales. Los conoció o los halló por casting?
El casting estuvo a cargo de Juan Pablo Félix, quien hizo el de María, llena eres de gracia y otras películas colombianas. Se hizo mediante una convocaria abierta a gente que quisiera participar en el filme, en ciudades y pueblos de la Costa, donde se iba a filmar. El proceso duró seis meses, se presentaron varios miles de personas y entre ellos empezamos a buscar los personajes más parecidos a los del guión, sobre todo rostros que contaran más historias, que fueran más interesantes.
¿Cómo encontró a los protagonistas?
Marciano Martínez decidió ir al casting por una casualidad y tan pronto lo vimos, supimos que tenía algo muy especial. Su personaje (Ignacio Carrillo) era muy difícil porque era muy complejo de interpretar: no sólo tenía muchos matices a nivel actoral, sino que también tenía que tocar el acordeón, cantar, ser capaz de improvisar, de versar, y tener esa relación profunda con la música, y cuando vimos que Marcelo reunía todas esas condiciones, nos emocionó mucho.
¿Y el joven que interpreta a Fermín?
El muchacho es Yull Núñez. Juan Pablo me dice que estaba más emocionado con él que con Catalina Sandino (‘María, llena eres de gracia’), por ejemplo. Es un artista natural con un talento impresionante que había que domar y encausar.
¿Tuvieron alguna preparación?
Una vez estuvo seleccionado el elenco, se hizo un trabajo con ellos de preparación para la actuación para cine que duró año y medio. Fue un proceso largo y complejo, pero muy bonito. Todo el elenco formamos una familia muy especial y pusieron su alma y su corazón en la película.
Mientras tanto, se iba consiguiendo el financiamiento, iba buscando las locaciones, se iba organizando la preproducción, que por lo compleja y difícil, necesitábamos ese tiempo y lo tuvimos para desarrollar ese trabajo con los actores.
¿Qué fue lo más difícil, aparte de conseguir los recursos, como siempre?
Curiosamente lo más difícil no fue conseguir el financiamiento, desde un principio había gente interesada en vincularse. Sin embargo, los productores hicieron un trabajo muy juicioso de buscar no sólo los inversionistas adecuados, sino gente que verdaderamente creía en el proyecto, para que el soporte fuera más allá del dinero y estuvieran más comprometidos con la película que queríamos hacer.
¿Qué apoyo internacional tuvo?
Tuvimos una oportunidad de tener una coproducción internacional grande y eso nos facilitó hacer una película impensable en Colombia. No hubo nada fácil. Todo fue luchado, porque estábamos tratando de hacer una película en más de 80 locaciones, con cien actores naturales, en condiciones extremas, en frío extremo, calor extremo, en lugares muy remotos, algunos casi inaccesibles, descubriendo para el cine algunos sitios que nunca se habían visto. Cada escena, cada actuación, cada lugar, cada elemento de la película está muy elaborado y es producto de un trabajo muy sufrido y al mismo tiempo muy agradecido y muy gozado.
¿Qué expectativas tiene con la película en el apartado de ‘Una cierta mirada’ en Cannes?
El hecho de estar es ya un honor, es un gran triunfo que ya nos abrió las puertas hacia el mercado internacional de una manera extraordinaria, la película ya consiguió un agente internacional muy poderoso, .... la que distribuye películas como Ciudad de Dios, Vicky Cristina Barcelona, El Laberinto del Fauno o el Ché. Con este agente creo que Los Viajes del Viento se puede ver en el mundo entero, más que ninguna película colombiana.
¿Y el público?
Ese es un público muy exigente, pero creemos que tenemos una película que se defiende sola, de la que estamos muy orgullosos, estaremos pendientes de lo que diga la crítica internacional.
Sandro Romero Rey le vio analogías con el lenguaje de directores prestigiosos como Herzog o Pasolini. ¿No teme que su película sea elitista, para un público que solo sabe de cine?
Curiosamente hay gente aquí en Colombia que dice que el espectador colombiano es bruto y no puede asimilar una película que no sea una telenovela en 35 mm. Yo no creo eso. Yo creo que Los viajes del viento fue hecha para un espectador sensible, toda persona la puede ver y de hecho, la han visto personas que ni siquiera han ido al cine nunca o de recursos escasos y la han apreciado en toda su magnitud y la ha disfrutado mucho.
No es para nada elitista, es para todo el mundo, lo único que requiere es un espectador abierto, que no llegue a la sala de cine a hablar por celular ni de afán para que pueda observarla y disfrutarla.
Usted arriesga mucho al no hacerle concesiones a la taquilla...
Estoy un poco cansado de ver que las películas colombianas se recurre a los mismos actores, a las mismas temáticas, a los mismos tratamientos, al sexo y a los desnudos sin justificación, a la violencia gratuita, todos los elementos considerados como lo que el espectador quiere ver. Los viajes del viento sale a mostrar que el espectador quiere ver otras cosas y ha sido muy bueno porque siendo rara, ha tenido el respaldo de la crítica especializada como del público. En sólo diez días en cartelera la han visto 60.000 personas, la mejor cifra este año para una película colombiana.
¿Por qué esa tendencia de que lo gusta tanto en Europa no gusta mucho aquí?
Eso no es cierto, porque las películas de Víctor Gaviria que fueron seleccionadas en Cannes (‘Rodrigo D. No Futuro’ y ‘La Vendedora Rosas’) fueron un gran éxito de taquilla. Igual sucedió con María Llena Eres de Gracia, que estuvo en el Festival de Berlín. Las películas seleccionadas en festivales importantes en el mundo han sido éxito de taquilla en Colombia. Hay otras películas muy taquilleras en el país, pero no generan interés en el exterior porque son demasiado locales y porque le hacen todo tipo de concesiones a lo que se supone quiere el espectador colombiano y terminan perdiendo un poco su alma, el espíritu de lo que quieren decir.
¿Qué experiencias vivieron al rodar en condiciones extremas?
Toda la filmación fue una gran aventura. Tuvimos que enfrentarnos con problemas climáticos, con enfermedades, con picaduras de insectos, ataques de animales. Un día el burro se cayó de la canoa en medio de la Ciénaga Grande y estuvo a punto de ahogarse, fue difícil rescatarlo. Curiosamente no tuvimos problemas de orden público, pero cada locación estuvo llena de retos, pues tuvimos varias insolaciones y deshidrataciones, de hecho, bebimos 14.000 litros de líquido hidratante y en la Sierra Nevada la altura afectó a varias personas. El equipo se tuvo que desplazar en camiones, camionetas, vans, 4X4, canoas, planchones, lanchas, barcos, en mulas, a pie. Fue un rodaje extremo, una extrema aventura que al mismo tiempo que fue muy dura pero la disfrutamos mucho.
¿Cómo logró grabar en la Sierra Nevada?
Fue complicado porque la Sierra Nevada es un lugar sagrado para los indígenas que la tienen a su cuidado y fue un proceso muy largo de trabajo con ellos para convencerlos y pudiéramos filmar en sitios como Nabusímake, porque es importante que el resto de los colombianos valoremos y conozcamos la belleza de estos sitios y su riqueza cultural.
¿Requirió traductor para dirigir a los actores naturales que hablan en lenguas nativas en la película?
Todas las personas que hablan lenguas nativas hablan español también, pero queríamos ser fieles a otras lenguas y que se escucharan en la película. Les pedimos eso, todos estuvieron de acuerdo y fueron muy abiertos en compartir esos lenguajes de la Colombia oculta con nosotros.
¿Usted se perfila como el director con quien podríamos decir que los colombianos vamos a tener cine de autor?
Los cineastas colombianos nos jugamos la vida en cada película. Y cada película en Colombia es un milagro que es difícil que se repita. No pienso mucho a futuro, todo depende de cómo nos termine de ir con Los Viajes del Viento, no sé si pueda seguir haciendo cine, porque necesitamos el respaldo del público y que prefiera nuestras películas sobre las grandes producciones norteamericanas. Sólo así podremos seguir haciendo cada vez mejores películas, pero Los Viajes del Viento es tan satisfactoria que sino puedo hacer otra, estoy contento.

“No he podido ver Los viajes del viento, pero donde me encuentro cineastas y público común recibo muy buenos comentarios. Para Colombia y para Ciro es muy importante ver esa película tan bien posicionada internacionalmente en el Festival de Cannes. Es un triunfo para Ciro, a su perseverancia, a su talento y a sus búsquedas porque vive en una búsqueda permanente de nuevos lenguajes visuales. Es un director joven con un proyecto cinematográfico interesante”. Lisandro Duque, director de cine.
“De Ciro no puedo decir más que mi gran admiración, porque a su edad y con solo dos obras, con el paso del tiempo va a cobrarnos a los colombianos ser el mejor director del siglo”. Carlos Moreno, director de Perro come perro.
“Los viajes del viento es el tipo de películas muy necesario para el país en este momento, no solo por su temática, sino porque es un ejemplo para el resto de producciones colombianas, por la forma como fue hecha. Ciro nos ha puesto en la cara el mejor método para hacer cine, que debe ser muy prudente en costos porque se hizo con un presupuesto justo. Además, es un tema que no había sido tratado antes, porque la mayoría del cine colombiano es sobre temas familiares o cómicos, pero ésta es una reflexión sobre nuestra cultura, hecha con actores naturales y recorriendo el país”. Fernando Gómez, crítico de cine y escritor.
“Ciro es uno de los directores más talentosos del cine colombiano, posee una visión del cine que pocos tienen, y por su juventud me atrevo que va a ser uno de los mejores del país. Es supersensible, con un concepto muy claro de lo que se puede hacer en cine en Colombia. Los viajes del viento es uno de los más bellas películas que he visto en mi vida, a pesar de que no tiene trama, es pura poesía en imágenes”. Germán Ossa, presidente de la Asociación de Críticos de Cine de Colombia.
Ciro Guerra
Nacido en Río de Oro (Colombia) en 1981, cursó estudios de Cine y Televisión en la Universidad Nacional de Colombia. Ha dirigido los cortometrajes Silencio (1998) y Alma (2000), el documental Documental siniestro: Jairo Pinilla, cineasta colombiano (1999) y el corto de animación Intento (2001), con los que ha obtenido numerosos premios en festivales. La sombra del caminante (2004) su primer largometraje, fue terminado gracias al programa Cine en Construcción del Festival de Donostia-San Sebastián.

Sitio oficial, en Los viajes del viento. "Una imagen resume la historia: un juglar maduro viaja a lomo de burro con el acordeón del que va a despedirse, para no tocar más, a su espalda." Bogotá Vive In. Un viaje para calmar las desgracias. El Mundo. Marciano Martínez en rueda de prensa. City Tv. Mil 500 kilómetros en 35 milímetros. El Espectador. Ciro Guerra y Heitor Dhalia, en Una Cierta Mirada de Cannes. AFP.
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